Wednesday, 25 July 2012

Prometeo sangriento (relato de LUIS BERMER)

Y aunque ya nadie lo llama así, salvo Segadora, hubo un tiempo en el que fue conocido como Prometo. Pero eso fue antes, mucho antes, de estar encerrado en la Sala del Acero por toda la eternidad; en aquella época distante y olvidada, en la que aún era un hombre y caminaba entre sus iguales.
 
            Semidiós, persona, monstruo… ahora era todos esas cosas… y ninguna.
 
            Su cuerpo seguía siendo el de un hombre fuerte, con la peculiaridad de las espinas metálicas que asomaban por algunas de sus articulaciones. Sin embargo, su cabeza apenas podía reconocerse humana: carne y hueso se entremezclaban para formar una máscara aterradora, donde músculos y arterias palpitaban a la vista, como si hubiese recibido un baño de ácido. En su mano derecha portaba un hacha de doble hoja, y en la izquierda una espada pesada con parte de su filo dentado. Todo él estaba cubierto de sangre seca.
 
            Prometeo caminaba sobre el enrejado del suelo y, de pronto, sintió frío. Era la señal. Ella se acercaba de nuevo. Y, en efecto, como un espectro envuelto en su capa de sombras, la Segadora emergió a través del suelo. El frío se intensificó, y Prometeo no pudo evitar que un escalofrío le recorriese toda la columna. Tal vez fuesen los vestigios de su parte humana, que así respondían aún.
 
            Segadora flotó hasta la única puerta de la Sala del Acero.
 
            –Aquí llegan los próximos –siseó, como una suave brisa de escarcha.
 
            Y con un chirrido metálico, abrió la puerta y desapareció tras ella.
 
            Por el oscuro corredor no tardaron en llegar gritos, llantos y lamentos de toda clase. Prometeo cruzó varias veces sus potentes brazos sobre el pecho, a modo de calentamiento. Resopló  como una bestia y se preparó, a unos metros de la puerta.
 
            El primero en entrar fue un niño, muy delgado. En cuanto vio el monstruo de pesadilla que se abalanzaba sobre él, comenzó a abrir por completo sus ojos, su boca, en un grito que nunca llegó. La espada cortó su frágil cuerpo por la mitad como un rayo invisible. Sus intestinos se escurrían por el enrejado cuando su madre entraba. Su chillido de horror infinito resonó por toda la Sala, hasta que el hacha atravesó su cabeza a la altura de la mandíbula, silenciándola para siempre. Un río humano, desnudo, comenzó a entrar en tropel, sorteando el cuerpo de la mujer que aún se convulsionaba entre espasmos. La Sala del Acero pronto devino en una jaula infernal de gritos y terror sin límites. Todos corrían de un lado para otro, intentando en vano poner distancia entre ellos y la muerte segura que representaba el hacha y la espada. Prometeo bramaba como una bestia, envuelto en un torbellino de sangre y vísceras. Cada movimiento de su brazo significaba un pecho abierto en canal, una amputación, una hemorragia imparable…Algunos tropezaban y caían con los moribundos o sus restos cercenados, quedando tirados en posición fetal sobre el enrejado, con la esperanza de pasar inadvertidos a la furia de Prometeo. Otros, sin embargo, conducidos por la desesperación absoluta de saberse muertos en breve, se arrojaron sobre las armas que colgaban de las paredes de la Sala, en un intento de ataque coordinado contra el bestial Prometeo. Cinco hombres se abalanzaron gritando sobre él desde diferentes direcciones, blandiendo las hachas, mazas y espadas arrebatadas a su dueño. Prometeo se dispuso a recibirlos.
 
            Y como niños enfrentados a un adulto, no tuvieron la menor posibilidad de victoria. La pericia de prometeo con sus armas se había afinado durante toda una eternidad de carnicerías constantes; hasta el extremo de que sólo dos de sus adversarios comprendieron que habían muerto antes de caer hechos pedazos. El resto de personas que contemplaron aquella lucha fugaz volvieron a gritar, aún más fuerte, aterrorizados por completo. Prometeo resolló, y se dirigió hacia ellos…
 
            En la Sala del Acero ya solamente se escuchaban algunos gritos dispersos de dolor y agonía. Prometeo pisaba la alfombra de cuerpos destrozados, y descargaba el hacha sobre cada moribundo que escuchaba y distinguía entre la masa de carne muerta. El olor a sangre y entrañas abiertas impregnaba toda la Sala, como una nube nauseabunda casi visible. Al fin, el silencio de la muerte volvió a reinar, y Prometeo pudo oír su propia respiración acelerada. Se acercó hasta una de las paredes, que tenía un ancho escalón a lo largo de su parte baja para separarla del enrejado del suelo, y colgó sus armas ensangrentadas. Se detuvo a recuperar el aliento; una de sus arterias bombeaba como un segundo corazón incrustado en un lado de su monstruosa cabeza. Entre los escasos huecos del enrejado que habían quedado libres, Prometeo pudo observar como la sangre de sus víctimas se precipitaba al vacío, sobre el que pendía la Sala del Acero. Y al fondo de ese abismo se mecían, turbulentas, las aguas rojas del Mar de la Resurrección.
 
            Para los habitantes de este mundo, la Sala del Acero y el Mar de la Resurrección constituían lugares míticos, extraídos de las leyendas que se transmiten de padres a hijos desde siempre. Y cuentan que el Mar es rojo por la sangre de los muertos, y que en él se entremezclan todas las almas, y lo que del mundo han conocido. Y de aquí surgen las almas nuevas –que nunca lo son del todo, por tomar esencias de unas y otras–, que a los cuerpos de los recién nacidos se unen, para vivir otra vez. Es por ello que, en determinadas ocasiones, las personas sienten una cercanía, una afinidad inexplicable a primera vista hacia un desconocido: compartieron su destino en la Sala del Acero, en el Mar de la Resurrección… Pero Prometeo no es infalible. A veces, algunos moribundos escapan –medio enterrados entre los cadáveres de sus compañeros– de los golpes finales, y caen al mar de la sangre sin haber muerto aún del todo. Por eso, estos elegidos del azar podrán, con los medios adecuados, recordar fragmentos de su vida anterior. Y creerán en la reencarnación…
 
            Prometeo, ya más relajado, caminó a lo largo del escalón de la pared, apartando con el pie algunos restos, hasta llegar a una de las esquinas. Tanteó entre unos remaches, hasta dar con el interruptor oculto que buscaba. Al pulsarlo, un zumbido mecánico se hizo audible, mientras el enrejado se abría lentamente hacia abajo en dos mitades. Los cuerpos, piernas y brazos seccionados –como dotados de una repentina semivida– comenzaron a rodar sobre sí mismos, precipitándose hacia la parte media de la Sala en una avalancha de carne fresca irreconocible, y de ahí al vacío…
 
            Prometeo andaba de un lado para otro, con las manos a la espalda, meditabundo. Esperando. Chasqueaba las mandíbulas, como si estuviese royendo un pensamiento especialmente duro. Se quedó mirando su extensa colección de armas sujetas en sus soportes alineados, por todas las paredes. Todas del rojo oscuro de la sangre seca. De pronto, el aire comenzó a enfriarse. Lo sintió en la piel, en los huesos, como un viento helado llegado de las nieves perpetuas. Se estremeció.
 
            Ella volvía de nuevo.
 
            Envuelta en su espectral manto negro, Segadora atravesó la pared frente a Prometeo. No dejaba de ser una visión escalofriante, por más que la contemplase millones de veces. Esa sonrisa cruel, en su blanco rostro de hueso.
 
            –¿Listo, Prometeo? Aquí te traigo más.
 
            –No… espera.
 
            Segadora se giró bruscamente hacia él. La sorpresa ardía en las llamas de rubí de sus cuencas sin fondo.
 
            –¿Qué? ¿Qué ocurre?
 
            La voz de Prometeo sonó extraña.
 
            –Debo… debo abandonar este lugar. No puedo seguir con esto, Segadora.
 
            La siniestra figura no llegó a abrir la pesada puerta, como pensaba, y se encaró con Prometeo.
 
             –¿Por qué dices eso? –Él sintió cómo su cuerpo se helaba–. Llevas toda una eternidad haciéndolo, sin el menor problema. Es tu deber. Tu trabajo.
 
            –Tal vez sea esa la cuestión. No puedo pasar otra eternidad matando, casi sin cesar. Mi futuro es un presente cristalizado y sin cambios; necesito modificar este horizonte estéril. Como ves, tantos milenios de brutalidad continuada no han conseguido extinguir ese resquicio de humanidad que aún debo conservar.
 
            Segadora le observaba con fiereza, como si fuese un niño estúpido y obcecado.
 
            Él le dedicó un amago de sonrisa, casi una mueca, mientras se dirigía a la esquina que ocultaba el interruptor. Sabía que ya nada serviría, ninguna palabra la haría cambiar su parecer, ni siquiera todo lo que habían superado juntos. La conocía bien. Siempre se había adaptado mejor que él a las circunstancias. Y, aunque eran idénticos en muchos sentidos,  ahora lo veía claro: le había acompañado a través de tantos horrores solo para estar a su lado, nunca hubiera caído tanto de haber estado sola. Ahora, por su culpa, a ella le esperaba una eternidad mucho más cruel de lo que le correspondía. Solo por seguirle en su rebelión absurda, suicida. Y aún le pedía que siguiese cayendo…maldito egoísta. Ella se quedaría aquí y sería lo correcto; bastante había hecho ya por él. Sin embargo, no podía evitar que en su pecho todavía latiese esa mezquina esperanza: que le acompañase otra vez en su locura, juntos de nuevo en la caída por el abismo infernal, hasta el fondo de la más abyecta degradación del alma, sin que nada importase. Juntos para siempre, como al principio…
 
            –No lo hagas, Prometeo… o te arrepentirás –dijo Segadora, con la certeza en su voz.
 
            Sin dejar de observarla, pulsó el interruptor. El enrejado del suelo comenzó a partirse en dos.
 
            –Vamos… Segadora… –susurró.
 
            Ella le devolvió la mirada. Sabía que nada de lo que dijese cambiaría el curso del destino; porque en eso eran iguales: el orgullo, la desmedida, la sinrazón… Era la última vez que sentiría el calor de su presencia.
 
            El enrejado se abrió por completo.
 
            –Puede que volvamos a vernos, Segadora… –dijo Prometeo. Y saltó.
 
            Segadora contempló cómo desaparecía en el mar de sangre. Para él no sería el Mar de la Resurrección, sino la puerta al dolor infinito, a la tortura de su mente, a las formas irreconocibles de sufrimiento que aguardan a aquellos que, como él, susurran en sueños la canción del abismo… Prometeo, tal y como lo conocía, había dejado de existir.
 
            Con un zumbido, el enrejado comenzó a cerrarse lentamente.
 
 
 
            La Sala del Acero estaba desierta. Segadora ya había dejado abierta la puerta metálica, pero aún no había llegado quien esperaba. Escuchó unos ruidos por el corredor oscuro. Pasos precipitados, asustados. Al fin, por la puerta emergió aquel cuya voluntad había marcado este destino, aun sin saberlo. Era un hombre escuálido, de piel blanca. Trastabilló al entrar y cayó de bruces sobre el enrejado.
 
            Segadora no pudo evitar una sonrisa de amargura ante la comparación. Puede que Prometeo y este… pobre diablo fuesen los seres más opuestos de toda la Creación. Ante las llamas de sus ojos, su alma simple era transparente. Sintió un vacío que se expandía dentro de su manto de oscuridad…
 
            El hombre se levantó como si el enrejado estuviese al rojo vivo. Aterrado, miraba con sus grandes ojos en todas direcciones; y cada golpe de vista acentuaba su lividez extrema, su terror: un abismo de aguas rojas, un encierro de acero, esas incontables armas ensangrentadas y…Ella, majestuosa y terrible, flotando ante él entre sombras de hielo, riéndose de su horror…
           
            -Coge tus armas, Prometeo… Se están acercando –siseó como el viento en la noche.
           
            Pero el hombre, con las manos aferradas a su cabeza, solo gritaba y gritaba…
 
            Ella dudaba de que pudiera llegar a blandir siquiera una maza. Segadora se desvaneció a través del muro de metal herrumbroso a sus espaldas.
 
            Pero ya aprendería.
 
            Tenía toda una eternidad para aprender.

Monday, 25 June 2012

¿Qué pienso?

Empírico empírico.. es como el néctar de todos los colegas. Bañarse en lo pragmático, aprender, aprender, aprender.
Al fin y al cabo, la realidad es esa, según lo registran los instrumentos convencionales, pero no. ¿Quién determina una realidad? La realidad es cómo es, es difícil saber qué la hace ser como es..
¿Por qué ténemos glándulas que segregan hormonas, que fluyen vía sangre hacia los órganos blanco?, ¿Por qué no funcionamos de otra manera? .. aquí ya participan numerosas, sino infinitas variables (me gusta más el término inconstante, definición del mundo mismo)..
Parece que a la verdad le gusta hablar en términos de definiciones, una serie de convenciones que nos ponen de acuerdo, para terminar por discutir indefectiblemente. Pienso en mol, pienso en sustancia, pienso en cantidad. ¿Por qué no pensar en margaritas?
Desde los más complicados mecanismos de reacción, hasta la replicación de ADN, incluyendo transcripción, traducción y síntesis .. Bases piridínicas, enlaces glicosídicos, todas palabras y conceptos que sin saberlo están siempre ahí. Merced  de todos ellos, no sería posible tener una mejor calidad de vida. Para ser franco no quiero inmiscuirme mucho en esto, no sé en realidad a qué quiero llegar, pero puedo juzgar que esto seguramente no es.
Miles de veces ya, mi teoría, mis pensamientos y mis costumbres, son violadas.

..Perdido en una inmensa ciudad
En una rueda mágica..

...Nuestra vida es un lecho de cristal
Y ésta vida está hecha de cristal..

Sunday, 6 May 2012

Diamante filoso

Si en mi poder tuviese mucha, muchísima plata, incluidas joyas de las más variadas, cosas que le darían al hombre "riqueza", y en cambio lo diera TODO como donativo, conseguiría una gran mérito, ¿No es así?
La respuesta es un gutural NO. No existe una entidad separada a la que todo ese mérito pueda ser atribuida, pero entonces cabe preguntarse..¿ Y a quién le correspondería ese mérito? A nadie en particular, pues lo que importa es el hecho, y no el ego que ese hecho engendra, ya que como una pompa de jabón termina siempre por explotar ..


 
Vajracchedika Prajna paramita

Friday, 27 January 2012

Algún rumbo

Antes que nada los saludo, gracias por entrar a leer, para mí es todo un gusto que lean estas palabras que no tienen mayor autoría que mi propia mente.
Nosotros tomamos decisiones, o no las tomamos no importa, la cuestión es que vamos eligiendo rumbos. Caminos que nos terminan llevando hacia algún lugar. Paso a contarles una historia muy bonita..

Había una vez un escritor llamado Omar, que simplemente recorría el mundo en busca de inspiración para sus nuevos relatos. En el verano siempre frecuentaba las playas del mundo, esta vez pasó por Talara, una playa ni turística ni transitada. La realidad se las contaré, Omar no tuvo unos meses muy bonitos, los días pasaron sin mayor sentido para él, en su trabajo, en sus proyectos, fue como bastante neutral y poco positivo. Y sólo por una gota que terminó por colmar y derramar. En resumidas cuentas, sólo quería dedicarse dejarse llevar y dejar de pensar, porque otra característica de nuestro protagonista es que reflexiona las cosas que le suceden a él y a los demás, buscando constantemente explicaciones como buen científico que es.
Una tarde encontró a una muchacha de tez clara, ojos de un color marrón cautivante, cabello ondulado y rojo. Se acercó a ella, no era tan alta como aparentaba. Parecía formar parte del paisaje.
-¿Qué hacés? - Preguntó Omar.
-¿Qué no ves ? - Respondió la muchacha, un tanto arrogante.
-Si, pero ... - Respondió nuestro inocente chico.
-Ayudo a los cangrejos a volver al mar . La marea baja mucho a estas horas, y bastantes mueren por no poder llegar a la orilla. - Dijo la señorita.
Omar la miró desorientado. No podía decidir que era más desconcertante si su actividad o su rostro tan inocente y perfecto. Luego de poder razonar, pudo llevar unas palabras a la boca.
-¿Cómo te llamas? -
- Kawanne, un gusto -
- El gusto es mío, Kawanne. Pero tengo que decirte que en la playa hay miles, sino millones de cangrejos. No puedes salvarlos a todos, además es una ley natural que se mueran si no llegan. No tiene sentido lo que haces.
Algo molesta la muchacha rápidamente manifiesta su pensamiento, a la vez que ayuda a otro cangrejito a llegar a la orilla:
-¡Para él si lo tiene!- mirando fijamente al animalito que está asistiendo con bondad.

Esa noche el escritor se revolvía mucho entre las sábanas, pensando constantemente en el mar, en el destino de los cangrejos, y en Kawanne.. ¿Por qué habría de ayudar a cada uno? ¿Ir en contra de la naturaleza? Qué muchacha más loca.. No encontraba explicación alguna.
Al día siguiente amaneció con la mente y el alma bien clara, y al atardecer volvió a la playa para reencontrarse con Kawanne. Caminó a un paso lento, pero seguro. A medida que avanzaba paralelo al horizonte su preocupación aumentaba, la muchacha ya no estaba... Pero el alma al cuerpo le volvió al cuerpo cuando la vio a lo lejos, realizando la misma actividad que hacía el ocaso del día anterior.
-Hola de nuevo - le dijo.
-Hola - respondió la damita.

Intercambiaron una dulce sonrisa, que se prolongó por unos cuantos segundos y sin más diálogo comenzaron a socorrer a los pequeños bebés de cangrejo para que lleguen a la orilla...


Omar se dio cuenta que su corazón entonces quería transmitirle algo: su tan largo viaje por fin había concluido.

Saturday, 7 January 2012

Diferencia

En aquél lugar de Buenos Aires, donde por momentos pareciera que los diques cantan al compás de una melodía que por qué no surgía del cielo, se re-encontraron Arak y su pseudoamigo Donald. Arak de mentalidad sumisa, abierto en cuanto a ideas era la antítesis de Donald totalmente renuente a nuevas modus vivendi. Siendo ex-militar, ya se notaba ampliamente su estrechez, su escasa comprensión y su débil empatía, figura magnánime de lo que fuera el común de la gente.
- Hola - Dijo Arak con su voz apacible y quizás también un tanto infantil.
- Hola Arak, tanto tiempo que no te veía, ¿qué pasó con vos?- Profirió Donald, con su eterna voz mandona, pero a la vez amistosa.
- Con decirte bastante, me estaría quedando corto.
- Dale, contame, yo ya sé tu origen, ya sé tu verdad, pero a la vez me interesa saber qué ocurrió en este lapso.
- Un lapso de 214 años - Interrumpió Arak.
- Sí, yo sobreviví acudiendo a lo que se podría llamar tecnología.
- Yo, por otra parte transmuté. Lo que ves ahora, no es nada más que un mero alquiler. Utilizo este cuerpo por un breve período luego del cual me esfumaré en el océano, pero vengo a darte un mensaje.
- Siempre tan apegado a la realidad vos- Logró por fin decir Donald entre risas, luego de lo que fuera una ominosa pausa.
- Ultimamente la gran esfera está captando demasiada weyi, y es casi imposible que logre neutralizar tanta, ¿entendés la gravedad del asunto? la humanidad está grabando sus iniciales en su lápida. De seguir así, los océanos rugirán, las tierras se desplomarán.
- Disculpame, pero ¿yo qué tengo que ver con esto?.
- Bueno, vos sos la única persona con la mantengo lo que se podría decir un constante contacto. Desde tu posición podés hacer algo. Solo el amor podría ser la solución.
- No estoy en miras de entrar en noviazgo - Masculló Donald, con total ignorancia.
- El amor no es sólo eso mi querido amigo, es dar sin recibir nada a cambio. Es apagar el odio solo con fe y bondad. Es tener el valor y el coraje para arremeter contra todos aquellos actos que intencionalmente generen dolor y sufrimiento. Solo vos podés aportar, un pequeño cambio, esa pequeña perturbación que desbaratará este destino.
Arak al término de pronunciar su discurso se alejó caminando confundiéndose con el mar en el horizonte. Donald, no pudo más que mantener la vista fija en aquella línea invisible, lejano de cualquier pensamiento, hasta que por fin se convirtió en la noche y se alejó con las estrellas.