Habian dias muy soleados en el bosque y nuestros dos animalitos, la
ardilla y el puercoespin, aprovechaban todos y cada uno de ellos,
jugaban, correteaban y eran muy felices siempre juntos, tal era la
felicidad que emanaban que hasta el roble, un viejo árbol amargo que
nunca sonreía, esbozaba una sonrisa al verlos. Tan bien era que se llevaban,
que parecían inseparables, juntos a donde quiera que vayan, siempre el
uno para el otro y siempre con una sonrisa en sus pequeños semblantes.
Pero en la
vida, no todo es primavera y los dias grises ya comenzaban a hacerse presentes. El puercoespín comenzaba a erizarse
cada vez mas seguido, y sus espinas comenzaban a lastimar a la pobre
ardillita, que seguia muy feliz de verlo y quería seguir con él a pesar del
dolor que sentía al permanecer cerca suyo.
Sin notarlo, el puerquito
lastimaba mucho a la hermosa ardillita, que ya había dejado de sonreír y
sentía mucha soledad, incluso a su lado. Pero la verdad no la notaba, y
se enfrascaba cada vez mas en su mundo virtual de fantasía, sin saber
que estaba perdiendo todo lo que mas quería en el mundo. Eran tan afiladas y
erizadas que tenía las espinas, que la ardilla llegó un día que no pudo más. Ya no toleró mas estar a
su lado, y con mucha angustia y desconsuelo tomó la decisión de hacerse a un lado.
El viejo
roble, se preguntaba que habrá sido de ellos que nunca mas los volvió a
ver, y cuando lo vio al puercoespín, solo y melancólico, le pregunto:
- Hola puerquito, te quería preguntar algo.
- ¿Qué ocurre viejo amigo? - respondió el animalito.
- Nunca más vi la ardilla a tu lado, tan felices que se los veía juntos..
-
Es verdad, abuelo árbol - y los ojos comenzaban a ponerle vidriosos - es una triste historia.. yo me enojaba sin razón con ella, estaba completamente ciego. Mis púas, ya me sobresalían casi siempre que la veía, en vez de solucionar nuestro problemas hablando, como deben hacer todos los que realmente se quieren, simplemente optaba por erizarme, y con ello hacerle mucho daño a mi indefensa y amada ardillita - rompió en llanto.
- Todo por mi obstinación, y mi ceguera - añadía - Es una cualidad mía, que no sé cuando dejarla de lado. Me sacaría todas y cada una de mis espinas, y quedar suave como una seda, por ella. Por esos momentos tan valiosos y eternos juntos, me desharía completamente de mi ego, porque al final de cuentas entendí que una relación se construye de a dos, no de a uno. Tanto pesar por el que ha pasado mi fiel compañera, no merecía nada de esto. Ella siempre la peleó hasta el final, hasta que se quedó sin aliento.
-Entiendo joven carpincho, qué pesar. Todo esto se pudo haber evitado.
-En efecto viejo roble, cometí muchos errores, lo reconozco. Sólo quiero enmendar todas mis faltas, soy plenamente consciente de ellas. Nunca más faltarle, dejarla sola ni mucho menos hacerle daño. Siempre a su lado, en las buenas y en las malas. No hay nada que quiera más en el mundo que estar con ella, y verla plena y feliz - en llanto, declaraba el puerquito.
- Noto el arrepentimiento de tu alma - exclamó el árbol - sin embargo mucho daño le has hecho. No hay que tratar así a un ser tan querido.
- Sobra tu razón y sabiduría querido árbol. De tan sólo ponerme un poco en su lugar en su momento, muy distinto hubiera obrado. Sólo espero, que donde quiera que esté, la ardilla sepa que es lo más preciado de este mundo para mí y que vale la pena absolutamente todo por ella.. ansío que pueda disculparme algún día. Adiós, viejo y querido amigo.
Y así se alejaba el puercoespín, en una considerable congoja, pensativo y muy nostálgico.